¿Quién
no ha aprendido en la escuela, o incluso en la universidad, que el
Descubrimiento de América se produjo como consecuencia de la caída de
Constantinopla en poder de los turcos? Estos señores malvados, de alto turbante
y muy mala leche, decían nuestros bien intencionados maestros, controlaron los accesos a Asia Central e impidieron que los pobres
cristianos trajesen las llamadas especias de la China, el azafrán, la seda, la
canela y esas cosas tan monas apreciadas por aquí. Entonces los cristianos, empujados por el mono que les producía la
carencia de tantas cosas lindas —nos seguían ilustrando en el primer tema sobre
los viajes colombinos—, estrujaron sus cerebros como rodillas de fregadero y
dieron en la genial idea de buscar
nuevas rutas; los portugueses circunvalando África y los españoles, más
valientes y avezados, atravesando el Océano Atlántico. En esto estaban cuando, de repente, se dieron
de bruces con el continente americano… ¡Eureka! La verdad, todo esto suena a cuento chino.