lunes, 3 de enero de 2011

Colón en la Residencia de la Acequia

Dos vejetes, de aspecto senatorial, conversan recostados en sus sillones de la sala de estar con vistas a una acequia oscura, pues sus posibles no les dan para una residencia de mejores panorámicas. Don Genaro había sido, antes de su actual existencia de trasto arrinconado, capitán de la Marina Mercante; don Claudio, revisor de tren y sigue usando la visera profesional,  cuyo coste le fue deducido por la empresa en la indemnización final por cuarenta años de servicios; sólo cuando viene a visitarlo su hija se la quita, para que no lo riña.


        —¿Me podría contar eso de los tortazos, don Genaro?
        —Sargazos, dirá.
        —Eso, ya sabe que no tengo cabeza.
        —Se quedará dormido, como siempre que abro la boca, don Claudio.
        —No sucederá, se lo prometo, lo que pasa es que habla usted tan bien …¡Si yo tuviera una lengua como la suya…!
        —Ande, ande, déjese de guasas —le corta el marino—. ¿Ha tomado ya las medicinas de la tarde?
        El viejo revisor abre su mano donde guarda dos cápsulas de colores que se le ha olvidado tomar. Seguro que será regañado por la hermana Úrsula, la monja que impone su autoridad despótica en el asilo de ancianos. El capitán, solícito, se levanta para tomar de la mesita el vaso de agua, sin hacer caso de sus dolores reumáticos que le arrancan una mueca de dolor fugaz. Lo pone en la mano temblorosa de su amigo, que le hace una seña para que empiece, mientras termina de tomar las medicinas y se recuesta sobre el sillón con el resto del vaso en la mano. Se hace la ilusión de que es viejo ron añejo. ¡Cuánto le habría gustado haber viajado! ¡Cómo envidiaba a su amigo!
        —El Mar de los Sargazos está en el Atlántico. Es una extensión tan grande como dos terceras partes de los Estados Unidos ―diserta el capitán―. Las plantas se extienden hasta el horizonte. No nos gusta a los marinos esa zona y procuramos evitarla siempre que podemos. Incluso ahora, con los grandes petroleros y transatlánticos, preferimos dar un rodeo.
        —¿Por qué?
        —Porque está llena de porquería.
        —¿No dice que son plantas, don Genaro?
        —Sí, hoy hay plantas, pero también latas de cerveza y bolsas de plástico. En los tiempos de Colón era diferente.
        ―Colón atravesó ese mar.
        ―Caramba, don Claudio, sabe usted mucho más de lo que parece…
        ―Lo escuché en un reportaje del National Geografic.
        ―Pues sí, eso es lo que dicen, pero yo lo dudo.
        La hermana Úrsula los interrumpe para preguntar por si han tomado ya sus medicinas. Le retira al hombre de la visera de ferroviario el vaso de agua que tiene sujeto en la mano, a guisa de ron. Este farfulla una imprecación de bucanero, pues escuchando historias sobre el mar se transforma en lo que siempre quiso ser: un marino malhablado y tabernario. «Le he oído, don Claudio», responde la monja indignada mientras se aleja. «Mañana tendrá usted que confesarse».
        ―Ahora entenderá, amigo, que estaba muy cuerdo el almirante Colón cuando se negó a llevar religiosos a bordo ―satiriza don Genaro y golpea, cariñoso, con dos palmaditas el antebrazo de su compañero.
        ―A esta la tiraría yo por la borda para que la devoraran los tiburones del Caribe ―responde aún indignado el amigo―. Pero, dígame, ¿por qué ha dicho que no cree que Colón atravesara el mar ese de los Sargazos?
        Don Genaro se recuesta en el mullido sofá, reposa los codos en los antebrazos y junta las manos con los dedos separados, su postura habitual cuando se dispone a hablar.
        ―Verá, querido don Claudio, muchos portugueses lo habían intentado antes y quedaron atrapados en la vegetación. Además, en aquella zona del Atlántico no soplan buenos vientos para ir al Caribe. Si quiere usted tomar los Alisios ha de poner rumbo al Sur. Lo ideal es bajar hasta Cabo Verde y luego subir en ángulo recto, casi, hacia el Nornoroeste. ¿Se acuerda usted de Pedro Calandria, el gaditano?
        ―¡Claro!, el que casó con la hija de Azpiazu, el naviero?
        ―El mismo, pues solía participar todos los años en la Regata Juan de la Cosa, la que sale de El Puerto de Santa María y llega hasta el Caribe. A él puede preguntarle, pues esa carrera de balandros de la que fue casi fundador, sigue el itinerario que le digo: Canarias, Cabo Verde y virazón hacia el Norte Noroeste hasta coger las Antillas por el Sur. ¿Se hace usted una idea?
        ―¿Mintió Colón? ―pregunta con cierta angustia el viejo revisor, pues se le están desbaratando esquemas aprendidos desde niño.
        ―Como un bellaco, Claudio, se lo aseguro.
        Este mantiene la boca abierta por el asombro. Don Genaro continúa con su historia, seguro de que la atención de su compañero está bien agarrada.
        ―Se lo voy a explicar. Verá, en aquella época todos los marinos trafulcaban los datos sobre sus rutas. Los caminos de la mar eran los secretos mejor guardados de las cancillerías. Es más, dicen que fue por entonces cuando surgió el espionaje tal y como hoy lo conocemos. Los portugueses y los castellanos habían llegado a un acuerdo, el tratado de Alcaçovas, según el cual, si desde el Cabo Bojador, justo debajo de Canarias, en la costa africana, se tirase una línea perpendicular al Ecuador, de ella para arriba las aguas serían de Castilla y de ella para abajo de Portugal. Si se fija en un mapa, las costas del Caribe están, más o menos, a la misma altura que Canarias, algo por encima del Bojador, luego pertenecerían a Castilla, aunque no todas.
        Don Genaro dibuja en el aire el mapa mientras habla, puntea las islas y don Claudio mira el espacio vacío y contempla costas, mares, oleaje.
        ―Puede usted comprobar la latitud ―continúa el marino como si tuviera delante, en efecto, un mapa―. El problema está en saber por dónde llegaron los castellanos a América. Decir que habían marchado por el sur habría sido confesar la violación de las aguas jurisdiccionales portuguesas. Los reyes lusos no eran tontos y la reina Isabel habría tenido serias dificultades para lograr del papa Alejandro Sexto el reconocimiento de la titularidad castellana y aragonesa sobre las tierras recién descubiertas.
        Don Claudio mira de reojo a su amigo, que sigue despierto.
―Para evitarlo ―continúa‑― dijeron que habían ido rectito desde Canarias, pero eso era poco menos que imposible porque se habrían encontrado con los sargazos por la zona más densa. Así y todo, yendo por el Sur, también atravesaron zonas con abundante hierba, según recoge Colón en su diario.
El capitán palmea, cariñoso, la huesuda rodilla de su amigo de singladura.
―De todas formas, mire, don Claudio, le voy a dejar un libro que acabo de leer sobre estos asuntos, es una novela histórica en la que se narra el viaje del Descubrimiento. Se titula «El cartógrafo de la reina (Memorias de Juan de la Cosa)» y lo ha sacado la editorial cántabra Kattigara. Es muy interesante, la verdad. Lo ha escrito un tal Javier Tazón, uno de Santoña, Santander o de por ahí. Habla de las rutas que siguieron, de las mentiras divulgadas, de cómo se hundió la Santa María, del misterio de las capitulaciones de Santa Fe. Lo que cuenta es muy diferente a lo que aprendimos en la escuela. ¡Seguro que le gustará! Además salen también mafiosos, como esos de las películas de Mario Puzzo que tanto le gustan y encima…
Don Genaro calla. A su amigo se le ha caído la gorra de revisor. Tiene la cabeza inclinada sobre el pecho, por la comisura de los labios le resbala un hilillo de baba y ronca con suavidad. Siempre sucede lo mismo.
        El viejo narrador, que había sido capitán de la Marina Mercante antes de ser arrinconado como un trasto      en aquel varadero con vistas a una acequia oscura, se levanta pesado, ahora sin disimular los gestos de dolor causados por el reuma agudo que ha transformado su cuerpo en un saco de agujas. Toma una manta de sobremesa y cubre, piadoso, el sueño inocente e insensible de su amigo.
        Marcha a su habitación y vuelve con un libro que deja en el regazo de don Claudio. Sabe que tendrá que leérselo, una vez más. Ya es la tercera vez que lo hace y siempre le parece nuevo: «El cartógrafo de la reina. (Memorias de Juan de la Cosa)», reza su título sobre un fondo de carta náutica con una vieja leyenda: «Mare Oceanum».
        ―Le gustará, don Claudio. Seguro que le gustará ―dice el capitán a su transido amigo mientras se sienta de nuevo, inclina la cabeza sobre el pecho y, él también, queda dormido.

Este artículo fue colgado en el blog de apoyo en Cantabria al proyecto "También la Lluvia", película de Iciar Bollaín, creado por doña Raquel Vadillo, de Laredo.

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