domingo, 16 de marzo de 2014

FANTASÍA REALISTA

        Se ha diferenciado entre lo fantástico, lo insólito y lo maravilloso; se ha hablado hasta la saciedad de realismo mágico, no se ha logrado encasillar en ninguna de las citadas categorías las obras de Gonzalo Torrente Ballester, su trilogía fantástica y novelas afines, ni a las de Álvaro Cunqueiro. Es difícil definir, la verdad, y menos encasillar en escuelas literarias a estos dos grandes autores; sin embargo, creo que sus obras estarían cómodas en un saco en el que también se introdujeran películas de cine inglés, tipo Monty Python, o españolas como «Amanece que no es poco» y, por supuesto, con la obra surrealista de Dalí.


        ¿En qué se diferencia el trabajo de los citados autores de aquellos que lograron la etiqueta de realismo mágico sudamericano? Creo que ambas técnicas narrativas difieren en la preeminencia que cada una le da al elemento “realidad” en relación con el elemento “fantasía”. Me explico, en el realismo mágico puede acontecer que unos invitados lleguen a una casa, llamen a la puerta, se les abra, sean conducidos al comedor donde la familia cena, se sienten modosos y, de repente, una de las niñas de la familia que está jugando con un salero, haga que este levite. Fácil es de imaginar la cara de susto del personaje invitado. La madre de la criatura saldría al paso con un comentario del tipo: «es que no hay quien pueda con esta niña», y se continuaría con la conversación; luego marcharía cada uno a su casa y no se volvería a hablar del asunto. Tales artes telequinésicas serían un adorno en el conjunto de características del personaje, pero en ningún caso una peculiaridad esencial. Es decir que, para el realismo mágico el elemento fantástico se inscribe en la lógica y en la secuencia de lo realista, de lo cotidiano. Sirve para enriquecer la novela, crea extrañamientos, sorpresas, giros imprevistos. ¿Qué tiene de importante para la trama que en Macondo se vea pasar a un señor montado en una alfombra voladora a la altura de una ventana? Nada, pero en detalles como este radica la belleza y la originalidad de la novela.
        En la que doy en llamar FANTASÍA REALISTA, porque no hay otros vocablos que me vengan más a mano, los términos se invierten. Se le pide al lector que acepte un contrato narrativo especialmente gravoso, más retorcido que los habituales: se le sugiere que, durante el tiempo que dure la lectura, crea a pies juntillas cuanto se le dice, pese a la carencia absoluta de lógica. Se le hace penetrar en un mundo por completo desquiciado, fantástico, surrealista; se le aconseja que se ponga cómodo y que atienda a la función sin pensar demasiado. Ante sus ojos aparecerán disparatadas escenas: barcos sobre nubes, ciudades levitando, trenes ensimismados que se encarrilan por el aire, señores que nacen en la tierra como las hortalizas, crucificados que bailan al son de un ritmo relajante, leones con fusil saliendo de un huevo que a su vez sale de otro, cinco personajes montados en sendas barcas que se funden en uno solo, dragones de siete cabezas con las que puede repetir la escala musical completa e interpretar bellas habaneras para acompañar a los barcos; ¿puede haber algo más fantástico? Este es el reino de la más absoluta y desquiciada imaginación. Sin embargo, se le ofrece al lector, al espectador, una coartada: el realismo, o mejor el microrealismo, porque en la narración encontrará elementos que le serán siempre familiares, objetos de uso cotidianos, situaciones habituales en las que su intelecto se sentirá a gusto. Así, en el barco que navega entre las nubes los marineros se comportarán como marineros, dirán tacos y hasta habrá un loro parlanchín, los contramaestres impartirán sus órdenes en la jerga portuaria, los pasajeros bailarán el vals como el lector se imagina que fue la cena en el Titanic, las botellas de champán harán al abrirse un ¡plof! festivo y la espuma salpicará el vestido de noche de una pasajera rubia que lo heredó de su madre, conserje de un instituto de Alcobendas; el capitán tendrá una conversación fanfarrona con los invitados de postín, haciendo alarde de sus aventuras náuticas y de lo poco que le queda para jubilarse, pues los marinos pueden retirarse antes de la edad general; en el caso del tren que circula por el cielo en raíles ensimismados, las viajeras pueden ser un grupo de putas mulatas que se comporten como tales, o una troup circense en la que una viejecita hable con la nieta trapecista de la vida cotidiana, de los novios y del cuidado que tiene que tener con los hombres. Es decir, que la fantasía  más desbocada viene acomodada en un embalaje de uso cotidiano, plagado de bolitas de gomaespuma realistas que lo protejan para que no explote en la cabeza del lector. Lo fantástico nos dejará sorprendidos; lo cotidiano, lo real nos permitirá creer lo inaudito, al menos durante el tiempo que dure la lectura.
        ¿Cómo pinta Dalí? ¿No es disparatado todo lo que representa, como sueños incoherentes y retorcidos? Pero, ¿por qué su obra nos parece tan real y expresiva? Por el detalle. El detalle pictórico de unos músculos de corte buonarotiano, de un rostro femenino armonioso, de unas escaleras en caracol en las que se aprecia la veta de la madera, de un avión con su estela, de unos dedos grandes, con uñas más grandes aún, pero perfectas, que dan al conjunto un aspecto creíble, real, por muy disparatado que parezca el tema de la obra. ¿Y si pensamos en cine? En la película española «Amanece, que no es poco», por ejemplo, lo exuberante, lo inaceptable, lo imposible se ve convalidado, se hace creíble, mediante el recurso al insuperable cemento argumental que es el sentido del humor.
        Daniel Ferreras Saboye diferencia entre lo insólito, lo fantástico y lo maravilloso. El primer grupo se refiere a narraciones sobre fenómenos que parecen en un principio inexplicables, pero que luego se aclaran; en él habría que incluir ciertas obras de tinte negro o policíaco. Lo maravilloso serían los cuentos de hadas, sin más, en los que tras la resolución del conflicto no se da explicación lógica alguna. Fantástica sería aquella literatura que recrea un mundo aparte, que tiene una lógica interna, como las novelas de Tolkien, pero ninguna de estas categorías nos sirven para encuadrar las obras de Torrente o de Cunqueiro.

        En la novela, en el cine, en la pintura que participan de los principios de la FANTASÍA REALISTA, el espectador no debe esperar una explicación racional; se le proporciona, sin embargo un ambiente estético cerrado, en un mundo paralelo del real en el que todo lo exuberante encontrará su acomodo. Para decirlo de forma gráfica: en una obra de Torrente, de Cunqueiro, en una pintura de Dalí o en una película de Monty Python, un elfo puede ser utilizado como personaje, pero lo vestirán con corbata y lo harán tomarse una horchata en el Retiro. 

1 comentario:

  1. Perfecta la explicación. G T Ballester consigue q lo fantastico sea verosimil. Sabemos q es mentira pero nos lo creemos como lectores.

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